Ojos marrones (Sarah Tegtmeier)

Como madre de un niño de dos años, estoy aprendiendo más y más sobre el significado de la familia y el rol que juega al formar la identidad. No es poco común para el pequeño Jadon, con sus ojos grandes y cabello desordenado, señalar emocionado las características que como familia tenemos en común. A él le encanta hacer una lista de todos nuestros nombres, seguido por “¡ojos marrones!” o “¡cabello marrón!” Cada vez que termina su lista, nos mira a su papá o a mí, esperando ansioso por la afirmación de que sí, cada uno de nosotros tenemos ojos o cabello marrón. En este inocente y adorable intercambio, escucho a un corazoncito vulnerable expuesto. Él tiene una pregunta en su corazón que espera que su papá o yo respondamos: ¿Pertenezco? ¿Encajo? ¿Me parezco a ti?

De lo que me he dado cuenta es que yo también, veinticuatro años mayor, llevo la misma pregunta en mi corazón: ¿A dónde pertenezco? ¿A quién le pertenezco?

 

MEDITACIÓN EN ROMANOS 8:14-16

Romanos 8:14-16—“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: “¡Abba! ¡Padre!” El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.

No hace mucho tiempo mi familia y yo estuvimos involucrados en una casa iglesia. Durante una de las reuniones con este cuerpo, el líder de alabanza empezó a cantar una canción espontánea, “Cuando me miro en el espejo, me parezco a Ti.” Primero, dudé, mirando a mí alrededor para ver si alguien más estaba cuestionando el sentido teológico de tal clamor. ¿Quién soy yo para clamar que me parezco a Jesús? Sin embargo, al ir meditando en la letra en las semanas siguientes, me di cuenta que si somos hijos de Dios, entonces cuando nos miramos al espejo, aunque no nos vemos exactamente como Él si nos parecemos a Él.

Así como las familias naturales pueden compartir hoyitos o cachetes grandes, nosotros también exhibimos los trazos de nuestro Padre. La belleza de esta verdad es que mi hijo Jadon no tiene que intentar tener ojos marrones como los míos – simplemente los tiene. Él no tiene que intentar tener la barbilla partida de su papá – simplemente la tiene. Es así que, cuando somos llenados con el Espíritu Santo, Sus trazos de amabilidad, paciencia, y amor fluyen a través de nosotros. El Espíritu mismo dentro de nosotros da testimonio a nuestra inquisitiva alma que Dios es nuestro Padre, nuestro “¡Abba!”.

Es hermoso que Dios haya colocado esta pregunta de “¿A dónde pertenezco?” muy dentro de nosotros y que no la haya dejado sin respuesta. Su Espíritu mismo afirma ¡que le pertenecemos! Lo que es más, si me llena de gozo escuchar a Jadon proclamar nuestra semejanza, cuánto más traerá deleite al corazón de Dios Padre escucharnos aceptar lo que Él ya ha dicho de nosotros. A través de Su Espíritu de adopción somos Sus hijos y ¡nos parecemos a Él!

 

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