La ira

Lo más que veía la cuenta, lo más me enojaba. Era ridículo, indignante, nada menos que un robo. Entonces llamé a la compañía telefónica. Pregunté al representante de servicio para los clientes cómo podría “Pluto” justificar cobrarme $14.47 por una llamada a cobro revertido de tres minutos. Me dijo que yo no era un cliente de “Pluto” entonces tenía que pagar una tarifa de conexión y una tarifa alta. Tratando de controlarme la ira, le expliqué que esto era buena manera para asegurar que yo no sería uno de sus clientes jamás. El era incompasivo, indiferente y sugirió que esto fuera la recompensa que recibí por hacer la llamada.

 

Sintiendo aún más la creciente presión, llamé a la compañía telefónica local. Esperaba recibir ayuda pero en vez de esto me sermoneó. A la mujer, no le importaba que yo tenía una cuenta alta. Me sermoneó que ella había sabido por 15 años que no era bueno hacer llamadas así y que “Pluto” podía cobrarme lo que quería. Cuando yo le dije que no iba a pagar una tarifa así, ella me dijo que lo iba a notar nuestra conversación en mi cuenta y que tenía que pagar una multa adicional si la cuenta no estaba pagada totalmente. Bueno, puedes imaginar lo que ocupaba mis pensamientos el resto del día. Cato dijo, “un hombre enojado abre la boca y cierra sus ojos.” Pues, mis ojos quedaron abiertos, pero, ¡me costó mucho trabajo cerrar la boca!

 

Meditación

Marcos 3: 4, 5. Y les dijo: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla? Pero ellos callaban. Entonces mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.

 

Como emoción, la ira no es necesariamente mala. Lo que hacemos con la ira es lo que determine el valor. En los versículos arriba Jesucristo ilustra que hay tiempos cuando la ira es justificada. Cuando encontramos lo malo tenemos el derecho de sentir la ira justificada pero esta ira tiene que ser controlada en una manera que se glorifica a Dios. El momento que perdemos la habilidad de controlar nuestras bocas o nuestras emociones, es el momento que potencialmente nos perderemos en el pecado.

 

Solomón escribió, “No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios (Eclesiastés 7:9).” Un proverbio francés anota, “La ira es mal consajero.” El apóstol Pablo les avisó a los efesios, “Airos, pero no pequéis: nos se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo (Efesio 4: 26-27).” Santiago, el hermano de Jesucristo, enseño, “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios (Santiago 1: 19-20).”

 

No estoy de acuerdo con la cuenta que me cobraron. Creo que hablé les hablé de manera amable mientras luchaba seguir cortés. Pero durante el resto del día, estaba yo muerto de resentimiento hacia el hombre y la mujer maleducados, o sea es lo que pensaba yo. En vez de orar por ellos, yo estaba muerto de resentimiento. En vez de dar la gracias a Dios por el teléfono que funciona y la oportunidad de hacer llamadas, me amargué. La cosa es que nada menos que yo pequé.

 

Inspiración

La manera mejor para conocer al hombre es verlo cuando esté enojado. Proverbio hebreo.

 

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Salmos 40:3 Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, y confiarán en Jehová.